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Coordinadora: Prof.
Zulema Moret
XVII Congreso de la
Asociación Internacional de Literatura y Cultura Femenina Hispánica
del 24- al 26 de octubre de
2007
Sevilla, España
XARA
por María José Domínguez
Sevilla, 25 oct. 2007
Llegamos exhaustos a la ciudad de Xara.
Xara. La ciudad del viento y de los peces sin agua.
Escuchamos sonidos de otras épocas volando entre jirones de desierto.
Xara.
Te había imaginado tantas veces… Eras real, ¿o no? Yo te sentía.
Bebía atardeceres en tu pecho. Arrastraba mis pies entre tu arena. Miraba y no veía. Sombras.
--------Sombras y ecos.
Así te apareciste Xara, misteriosa. Sin calles, casas, muros.
Sólo tú. Sólo tu esencia. Sólo el pesado roce.
--------Y un lamento.
Permanecí sin más.
--------Inquieta.
--------------Inmóvil.
Agité mis entrañas deshecha en un vapor cálido y denso.
Todo sucede cuando nada pasa, cuando callada
escucho tus silencios.
Xara.
Entraste en mí, yo no te conquisté. No clavé mi punzón ni oradé tu cuerpo.
Fue como respirarte y recorrerte.
Y me volví ciudad y polvo entre tus dunas
---------- cambiantes,
-----------------movedizas…
JUGANDO UN POCO
por
María José Domínguez
Sevilla, 25 oct. 2007
ZIRZIR
Camino de Zirzir
-----------pasa la caravana
------------------lenta y los turbantes se desatan
------------------entre las patas de los caballos.
GUARAINA
Se le cayó un lunar
------------mientras bailaba
------------------encendida, en Guaraina, la guaraineña.
DULCINEA
Dejó que el caballero pensara que la pensaba
---------y se tragó su historia de novela…
--------------De cuento…
------------------De puntos suspensivos…
Surgió de la costilla, ¿qué digo? De una astilla de lanza
---------quijotesca
---------y talló en la madera su cuerpo
-------------------------de aspa de molino.
Guairana y el mar
por Mercedes Caballer
Guairana era su lugar preferido, donde los colores brillaban más al atardecer, donde las olas remitían después de frotarse contra las rocas y sus ondulaciones recogían los colores celestes. Rosas, dorados, ocres, verdes, azules. Sura recogía conchas allí cada mañana. La luz era diferente entonces pero el baño solar les imprimía un sello mágico que nadie más que ella conocía. Las guardaba en su caja secreta en su jocuma o como decía su abuela en su jocuma-mai, aquel cofre diminuto que pasaba de madres a hijas en Guairabo.
Cada mañana recorría la misma ruta. Salía de su cabaña sin hacer ruido, llevando sus xaras en la mano para no despertar a nadie. El crujir de la madera hacía siempre estremecera la abuela pero ella nunca abría los ojos, quería dejar a Sura su espacio, su tiempo, sus conchas.
Como ella, la abuela Ariana también escapaba al amanecer desde que tenía nueve años y regresaba antes de que nadie despertara. Aquello terminó el mismo día en que tuvo a su hija Guirlanda. Guirlanda nunca mostró pasión alguna por las conchas, por los tesoros marinos. Mostraba su enojo cada vez que la abuela se los mostraba y allí permanecieron en la jocuma-mai, en la jocuma, hasta que un día los ávidos ojos de Sura esperaban expectantes que alguien le alcanzara la jocuma desde el último estante verdiazul de la abuela.
Desde aquel día, dejo de ocupar el espacio azulado en la cocina para formar parte de la caja de madera donde Sura guardaba sus más preciados juguetes.
Autor-retrato
por Mercedes Caballer
Yo
Un pez resbaladizo
Con dos cabezas
Pensante, razonante, generoso
Culpante de la memoria
Reflejo de los colores
Agua y olas, viento y agua
Palabras de amor sencillas y tiernas
Esperante y esperada
Amante de las letras y las semillas
De la lavanda templada
Mariposas blancas al agua nervada
Amante tierna, tierna enamorada.
Autorretrato
por Gwendolyn Díaz
Santa Teresa no es,
por cierto.
Pero tampoco ondula
las caderas como Marilyn Monroe.
Será que sus abundantes curvas
atraen el ojo
lujurioso
del otro
que la cata
como si fuera una gata
o Salomé.
Ella quisiera ser Circe
por su poder de atraer
con el magnético canto
cuanta alma se le acerque.
Atrapar
para después soltar
con la sonrisita de la Gionconda
satisfecha de la conquista
sin comprometer su libertad.
Pero hay días cuando prefiere
el pelo de la Medusa
para clavarle los ojos asesinos
a esos curiosos vecinos
que la tratan de mala mujer,
Malinche,
loca, Juana la Loca.
Y sólo quieren darle de beber
esa pócima drogada
para que duerma recatada
en el seno del pudor ajeno,
como la Bella Durmiente,
para nunca
despertar el
¡Qué dirán!
Viaje al lugar del odio
por Gwendolyn Díaz
Era una pradera irregular bajo un cielo oscuro. Por el centro pasaba un río de aguas rojas caudalosas que corrían con la fuerza de una manada de toros. Un río ruidoso, estentóreo, aterrante en su fuerza. Un río desbocado que iba a correr por quién sabe dónde. Ella temía que fuera a desembocar en el mar de la congoja. ¿Cómo atreverse a entrar en tamaño caudal torrencial? Posada sobre duras, ásperas rocas, piedra de volcán, se atrevió a meter los tres primeros dedos del pié en el río. Sintió que se le congelaban en el acto, y aunque los retiró al tiro, ese frió glaciar comenzó a subirle por la pierna izquierda, por la cadera, enroscándole la cintura como una serpiente que terminó por clavearle los colmillos en el corazón, vertiéndose su sangre en el río rojo, creándo un círculo vicioso, corazón helado sangrante, ojos rojos de rabia, convertido todo en un vaho ponzoñoso, fluyéndo desbocadamente hacia el mar del odio.
Fábula infantil
Ariana en las alturas
por Gwendolyn Díaz
Ariana es el país que se ubica en el aire. arriba, por las nubes. Sus tonos son el blanco y el celeste, y sus matices los suaves rayos del sol que irradian una tierna luz que da cuerpo a la paz y la alegría. En el país de Ariana vive Ana. Ana vive sola y salta de nube en nube, se trepa por los rayitos más finos del sol y de tanto en tanto entra en diálogo con una paloma o con una golondrina.
Hace poco se encontró con un pájaro negro que le preguntó porqué no vivía en Lodor, donde estaban los otros como ella. Lodor estaba abajo. Era un país ocuro y triste. Allí no se oía el canto del ruiseñor ni se saltaba por las nubes. En Lodor se pisaba algo llamado tierra que ensuciaba los pies cuando llovía, que se convertía en una goma negra que atrapaba los pies y sujetaba a los lodeños imposibilitándoles la levedad de cuerpo y alma.
Ella había oído de Lodor pero su madre tuvo el acierto de traerla al mundo en la terraza de un veinteavo piso por donde pasaba un condor perdido, que viéndole dar a luz apresó con suaves garras a la bebita rosada y la llevó a su nido en la cima de la montaña azul.
Entre cóndores y nubes se crió Ana, siempre en alto. Su madre supo que estaría mejor entre las nubes y el sol porque de donde ella venía todo era un triste lodo que atrapaba al alma cómo un vértigo sofocante imposible de escapar. Tal era su amor.
Juego de palabras
por Gwendolyn Díaz
El arte de magiar
Ella sabía
magiar con
sus ojos
al penetrar
los de aquella
pequeña
obra suya,
que atenta
le devolvía
la mirada,
nueva aprendiz
del arte de magiar.
VIAJE A XIBALBA
Por Patricia González Gómez-Cásseres
Sevilla 25 de octubre de 2007
Era definitivamente un viaje a la raíz, en reverso, o tal vez en espiral. Nunca directo ni seguro. Me encantaba. Siempre lleno de sorpresas, escollos, precipicios y rocas. Las manos siempre se me llenaban de tierra, espuma y sangre. En éxtasis de expectativa, bajábamos por las bocas del planeta a través de cuevas, grutas a las entrañas de la bestia. Xibalba era el lugar de la muerte, el temor y los espíritus. Cada paso confirmaba la dificultad de regeneración y reencarnación. Su travesía era necesaria para cada uno de nosotros porque regresábamos, si es que lo hacíamos, con piel nueva. Dejábamos escamas y recogíamos pelos y así sucesivamente buscando la ternura de la piel perfecta.
La oscuridad tomó nuevas dimensiones. Ya no veía con los ojos y me guiaban las manos y los sentidos bajos. De pronto se me llenaron los pulmones de un olor ocre y tibio. Estire las manos tanteando una humedad fresca y desconocida. Mis yemas rozaron algo suave, algo fuera de lugar para mí. Casi enseguida sentí las palabras en el estómago y las palpitaciones que creía mías se sincronizaron con el ambiente. Sentí deseos de seguir allí calculando la caída el agua, sintiendo la gota de paz surcándome las vértebras. ¿Qué pasaba? ¿Por qué se evaporaba la angustia? ¿Por qué las ganas de acurrucarme en la roca y respirar latiendo con ella para siempre? El respiro del agua se me antojo propio y el placer de la inmovilidad sobrepaso el deseo. ¿Había encontrado la piel perfecta? No, ya no quería piel. Para serte fiel, diría que ya no. Las pupilas, que hacia rato habían dejado de servirme para ver, se dilataron profundamente hasta encontrar los sueños y con ellos divagaron. Las partes se me iban. ¿Y por qué regalaba el corazón? El ya latía fervorosamente en otro, ¿y yo? ¿Cual yo? ¿Cuál qué? poco a poco vi desaparecerme placenteramente, resbalándoseme las pieles cual gotas de rocío. Había por fin llegado.
La abuela Inge
por Soraya García Sánchez
Les quiero preguntar,
---------------¿Quién fue la abuela Inge?
Además de hija, esposa,
Madre y abuela, fue mujer
¿Qué quiere eso decir?
Ahora que murió, reflexionemos
Con su voz, con su
Transformación. Nunca tarde
Siempre que haya una
Intención, una
Salvación.
Se salvó Inge
Se salvó de ir al
Infierno a pesar de
Transformar su silencio
En amarga e insultante
Canción.
¿Fue entonces, insultante
Su mensaje?
¿Fueron entonces
Insultantes sus labores
Domésticas?
¿Entendió su marido, su
hijo, su nieto el
mensaje de Inge antes de fallecer?
Su cuerpo se enfermó y su
Voz sonó, se oyó, se
Transformó.
¿Refleja el
Cuerpo su lenguaje?
¿O,
es al revés,
Su lenguaje
Enfermó su cuerpo?
¿No es éste el propósito
de la vida?
¿No es ser escuchada la forma
de vivir?
¿No es su
sujeto el propósito de su fin?
¿No es su queja oída?
---------------¿Quién es Inge?
Es una
Inmortal
Gracias a su palabras
Es una
Niña mayor y cambiante
Es
Generosa,
Graciosa y
Grosera
Es
Extranjera
en su propio hogar
--------------- Feliz descanso, Inge.
Autor-retrato
por Soraya García Sánchez
Espejo ¿dónde estás?
Me miro, me veo, soy yo
¿Quién soy?
No quiero verme más en
El espejo.
Soy amante, apasionada
Llena de ilusión
Soy celosa, caprichosa
Y necesito tu atención.
¿Soy libre?
Sí, muchas veces lo soy.
Aunque otras veces, sigo la
Condición.
Mi familia, necesaria
Mis amigos esenciales
Pero mi espacio, me
Pertenece.
Es mío y solo mío
Soy yo y solo yo.
Me he disfrazado
Y me disfrazo.
Hoy no me visto
No trabajo
No como
No hablo
No escucho
No amo
Pero me escribo
En mi cuerpo desnudo
Que no deja de formarse.
Lilith
por Soraya García Sánchez
----------------------------Arriba, abajo
Fuerte,
Monstruosa, diosa
Hermana de Eva
Amiga de todas
----------------------------Buena, mala
Activa
Decidida
Que una vez
Se posicionó en el sexo
Y firme
Prosiguió su condena,
----------------------------Y valió la pena.
Lo innombrable
por Rosario Montelongo de Swanson

Enfermo y cansado, Ramiro miraba la pared blanca al lado de su cama. Ahí proyectaba todo su ser, lo que era, lo que siempre fue. Enfrente de él estaba la puerta. La puerta, esa apertura por la que siempre entraba gente. La puerta. Jamás se atrevió a salir por ella, a cruzar su umbral. La madre, la hermana (tan querida), el padre, la tradición la habían cerrado permanentemente.
Del otro lado del cuarto estaba la ventana. La ventana, ranura luminosa, único portal hacia lo innombrable. Lo innombrable pero vivido. Momentos de a ratos, luminosos, secretos. Ya habían pasado muchos años. Sus cuatro hijos eran ya más o menos mayores cuando se supo. Se supo. Y, al saberse la puerta se cerró permanentemente.
***
Basta ya de andar poniendo en juicio lo que ni siquiera de hablar se puede, de lo que uno ni de hablar se atreve. Después de tantos años de haber guardado con tanto recelo, de haberlo negado con tanto empeño y persuasión. Pero no, no, no. Después de tantos años frente al hermano enfermo mirándole a los ojos, el corazón latiéndole en rápido aleteo, la madre ya muerta, supo que ninguno de los dos podrían continuar pretendiendo que era, que fue, que había sido como él, como ella, su hermana, y su madre antes que ella, habían intentado creer pero que todo el mundo comentaba a gritos.
***
Miró la puerta, miró una última vez la ventana y tornó su cabeza hacia la pared.
Tres palabras
por
Rosario Montelongo de Swanson
Yebel
Brotan las
flores de tu yebel, mi amor.
tu yebel
es verde como ‘las palmeras
en el Guadalquivir
y húmedo como sus aguas.
Sura
Los ojos
de los enamorados
son espejo
de lo que tuvo
que haber sentido Dios
cuando nos creó.
Zejel
Como el jade
es verde y delicado,
la vida misma
eres tú, zejel.
Autor-retrato
por
Rosario Montelongo de Swanson

Rufino Tamayo, El hombre ante el infinito (1950)
Crecí escuchando las historias
que acompañaron
el nacimiento de cada una de nosotras.
Fuimos siete.
Entonces no sabía que las historias te marcan
te señalan un lugar.
Y, que con cada recuento lo reiteran.
Cuado por fin comprendí lo que mi historia significaba,
entendí mi lugar.
¿Y qué hacer con la historia,
con lo heredado,
con una herencia mía mas no de mí?
Comencé a inventarme,
a agregar capítulos enteros
a ser irremediablemente yo.
Coyolxauhqui
Tu cuerpo desmembrado yace en las escaleras
de un templo azteca.
Las piezas de tu cuerpo
giran en movimientos plásticos de una danza ritual.
Coyolxauhqui
jamás invocaré tu sacrificio en vano.
Viaje a la religiosidad
por
Rosario Montelongo de Swanson

De todos los pecados capitales el que más la aterraba era el de l glotonería. Era flaca pero creyente. Así, impartía en las dietas que seguía una buena dosis de religión: Rosarios, padres nuestros y ave marías. Al levantar el alba caminaba por las estrechas calles del pueblo hacia la iglesia donde con fervor rezaba por sus hijos y por su numerosa parentela. Rezaba por su madre a quien adoraba casi como al mismo Dios; pero siempre guardaba un pedacito de sus rezos para pedirle a Dios que le permitiera sobrevivir el día sin caer en la tentación de la gula y la glotonería.
Era importante porque de la cocina de la casa donde vivía con su madre y hermana salían deliciosos quesos, chorizos, tamales y longanizas; y, si el tiempo lo permitía deliciosos rompopes. Doña Elodia, su madre, y Ernestina, su hermana, pasaban horas confeccionando los deliciosos manjares que con sus delicias mantenían la familia y sustentaban la gula de otros. Elodia y Ernestina combinaban sus dotes gastronómicas con un fervor religioso que inculcaban a sus tres hijas.
Dos de ellas, seducidas por el delicioso olor de la cocina, habían caído en la tentación de la gula y la glotonería. Matilde y Leonora se dedicaban con religiosidad insospechada a aprender las artes culinarias de la familia, por las que todos los días daban gracias a Dios. Las cuatro, Elodia, Ernestina, Matilde y Leonora eran mujeres extremadamente religiosas pero entradas en carnes. En cambio a ella, la religión la había salvado. Era extremadamente piadosa, y todos los días se levantaba al alba para pedirle a Dios que un día más le concediera el milagro. |