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Coordinadora: Prof.
Zulema Moret
XVI Congreso de la
Asociación Internacional de Literatura y Cultura Femenina Hispánica
del 5 al 8 de octubre de
2006
Odgen, Utah

Lluvia Parda
por Adriana Gordillo

“-¿Qué me dice
usted de esas manchas? –le pregunté al dermatólogo apenas terminó de examinarme.
-Lo siento,- me dijo el médico-, pero se está usted convirtiendo en un leopardo.
Yo me eché a reír”1
-¿Es reversible doctor? –Pregunté con un tono irónico que el médico destrozó sin
siquiera mirarme.
Las nubes se están cargando de lluvia. Una tarde como esta empezó todo. Cada
gota, cada punzante aguijón en mi rostro me acercaba más a ella…
-¿Qué puedo hacer doctor?
-Por ahora debe evitar el contacto con el agua de lluvia.
-Pero, ¿cómo?
-Y no sé, use una sombrilla, no salga a la calle cuando esté lloviendo, qué se
yo, evítela.
Hoy sé que pude haberlo hecho. Pude haberla evitado, pero no quise. Me deje
llevar… me dejé llover…
¡Ah, la ciencia se equivocó de nuevo, señor dermatólogo!
No me estaba convirtiendo en un leopardo…
Me estaba convirtiendo… ¡En una leoparda!"
(Propuesta
que lo motivó: Continuación de textos)
El n/hombre
por Marina Bettaglio

Cuando Sonia leyó el anuncio se quedó asombrada. Un pájaro, un
pájaro gigante aquí en Barcelona, en su propia ciudad y una persona, un ser
humano que buscaba a alguien que pudiera ayudarle a identificarlo. Hacia meses,
qué digo, años que Sonia casi no tenía contactos con el sexo masculino y pensó
que sí, que aquel día iba a atreverse. ¿Atreverse a qué? Pues, sí, a ponerse
en contacto.
Sí, sin duda se trataba de un hombre, de un hombre que hablaba
de un pájaro de dimensiones indescriptibles, no había leído el nombre, pero tal
vez era Jordi, o Joan. En seguida se dejó transportar por la imaginación
pensando en la promesa de felicidad que auspiciaba aquel miembro de dimensiones
desmesuradas. El placer que se había negado durante años cuidando a su madre
enferma estaba, por fin, a su alcance.
Sí, iba a ponerse en contacto con el periódico. ¡Mira que
fácil! Nada de Match.com, nada de anuncios de citas. No, no, todo gratis y
todo de muy buen gusto. Ella era una señorita fina, no iba a venderse o ponerse
en la venta. Habría encontrado el hombre del gran pájaro, así, compartiendo un
interés ornitológico, sin inuendos sexuales, qué bien, ahí, ohi, sí, sí, sí,
más, más, más, sigue, sigue, sigue, no pares, sigue volando, soy
tuuuuuuuyaaaaaaaaaaaa. Y mientras Sonia habría sus alas al placer, viviendo en
su interior la delicia de un encuentro futuro, sus ojos aterrizaron horrorizados
sobre la tinta negra del periódico: Montserrat. Un nombre que cerró para
siempre este breve sueño de pasión.
Lo que en mí
guardé
por Marina Bettaglio
Si yo pudiera hablar,
si les pudiera contar mi historia, todos los papeles que han pasado por mí.
Cuántos recuerdos, cuántos secretos … Sin mí la historia habría sido
diferente. Cuántas personas se habrían podido salvar si yo hubiese podido
zafarme con algunos documentos. Yo cómplice, yo mudo verdugo de un cruel
presidente. Yo inconsciente esclavo, siempre a la orden, siempre cumplido,
siempre a tiempo para cualquier función diplomática. Intuía por el olor
del papel, por su peso por su consistencia cuando guardaba la lista del los que
habrían llevado el nombre de desaparecidos. Mi piel se escamaba, perdía el
color, pero guardaba celosamente en su interior todos los secretos de un estado
dictatorial. Cara de ángel me llevaba por toda la ciudad. Ahora
quedo olvidado, esperando mi sentencia, ya no sirvo, ya no cuento ya les cuento
mi historia, triste bolso inocente.
Derechos de encaje

Sí, sigo virgen, que quieres que te diga, no se lo cree nadie,
pero es así. Te lo juro, te lo juro, no se absolutamente nada de lo que le
agrada la vida a la gente. Me quedaba siempre tirada en el suelo y desde allí
no veía nada, pero absolutamente nada, sabes. Es que la mujerona despampanante
que me compró en aquella boutique francesa … porque yo, qué quieres que te diga,
soy francesa de parte de madre, aunque haya nacido en las Filipinas. Bueno, te
diré que me estoy convirtiendo en una solterona triste y amargada, porque,
fíjate, parece que ya no sirvo de nada. Antes, la gran dama me dejaba tirada en
el suelo y se me caminaba encima con su galan “de camino al concierto”. Y no
te digo el dolor de cabeza, antes se bailaban un tango, ahora parece más un
flamenco con tanto taconear sobre mí. Pero, mira, lo que he quedado destrozada
es el olvido, la ingratitud, viste. No me conformo con que me deje tirada en un
tacho de la basura. ¡Qué no! Quiero proteger mis derechos, sí mis derechos,
porque ya que le he guardado las tetas derechas, altas, erguidas por tantos años
no estoy dispuesta a que me bote ahora que se ha hecho la cirugía. Soy una
brassiere francesa, revindico mis derechos.
Las hojas afuera dan ganas de bucear en una piscina de oro...de
oro hundido que huela a chocolate y feels como leche. La piel regenerándose,
prenda íntima, respira tras nuevas complicaciones y viejas obsesiones. ¿qué?
¿sin auditorio? todavía puedo escribir, cantar y bailar en mi piscina mágica de
no-se-vuelve. No regresaré. No creo. Porque aquí me siento como un grito de
guerra in-corporado. En-bodied. Con mi imaginación y mis espíritus, mi cuerpo.
Un grito de guerra.
(En el taller. 05-10-2006. 9 y pico de la mañana...)
Me encanta cuando se acuerda de mí. Me toma en sus brazos, en sus manos. Aún que
me conozca tanto, cada vez, mira mi cara y lee mi cuerpo como si fuera la
primera vez. Descubre de nuevo discursos que he hecho miles de veces, en una
infinitud de lenguas. Me toma en sus manos, entre sus dedos. Caricias, suspiros,
risas... Con una voz que ni es mía, la lanzo en un mundo de sueños, los suyos,
los míos, se fusionan. Juntos...hacemos un conjunto. Ella, liberada y yo, libro.
(En clase de literatura.
10-10-2006. 7 y pico de la tarde...)
Crónica
de un vuelo
Por Eugenia Toledo-Keyser

Al fondo del angosto
túnel espera el pájaro metálico que nos va a devorar.
Uno a uno vamos abordándolo. “Buenas tardes,” dice la señora de azul a la
entrada. La saludo. Un hombre grande de estómago pronunciado me empuja y atropellando a la azafata trata de llegar al baño de primera clase. “Con permiso,
repite, con permiso.” Se da cuenta que no cabe en la puertita, se tiene que
poner de lado y debe agachar la cabeza para entrar. Yo me siento rápido (B 4 ),
para no molestar a los demás pasajeros de clase turística haciéndose paso. Sólo
traigo mi bolsa grande y mi chaqueta.
Me fijo que el piloto, un hombre menudo de bigotes negros con uniforme de la
compañía aérea, aparece por la puerta de la cabina del avión, yo aprovecho para
mirar hacia adentro: los controles, las luces, el manubrio, las ventanas. Pienso
en alguna película de acción y me dan tiritones (“mejor ni recordar esas cosas,”
me digo). El piloto habla por un citófono y anuncia “Señores y señoras, los
baños del avión no están funcionando, tendremos un corto atraso hasta que los
reparen, favor no usarlos, porque no se puede tirar el agua en los retretes.
Disculpen la inconveniencia y gracias por su colaboración.” (Bajo la cabeza y me
río sola recordando a mi marido que se refiere a la US AIRWAYS también
como la US AWorst ). Me acomodo para pasar el tiempo. Mi acompañante de asiento
me llama la atención.
Es un hombre de barba roja y anteojos, con un maletín negro y una computadora;
me pregunto qué hace porque lo siento como murmurar o rezar vuelto hacia la
ventanilla, medio encogido. Lo miro y ¡no lo puedo creer, está en su propio
mundo, leyendo poesía y en voz alta! Me asusto y me digo “esta sí que es buena,
vengo de una convención literaria, no he escuchado otra cosa que poetas y
escritores por tres días y me siento al lado de otro” Aprieto contra mi pecho el
librito que he sacado de la bolsa, ¡no quiero que se de cuenta que yo también
estoy leyendo poemas! El lee a Ted Kooser en inglés, le ví la tapa. En mis manos sostengo fuerte el último libro de Zulema Moret en español. ¡Qué rollo! ¡Qué
casualidad! Mejor yo no me pongo a leer, puedo ser descubierta y me da miedo…pero ¿a quién le importa? Ahora lo miro concentrada, tratando de identificarlo.¡Con
tal que no sea alguien que conozco de antes! ¡De mi pasado, por ejemplo. Esa sí
que sería una historia buena, encontrarme con un colega o profesor de hace más
de treinta años atrás…!Qué idea más inaudita, yo siempre viendo fantasmas! …pero, parece chileno…. Lo miro y re-miro y decido que no. El tío me parece un profesor
de Literatura Inglesa, tiene la pinta, pero…cosa curiosa, rara, observo que en
cada uno de los dedos de sus manos lleva un parche curita. El detalle intriga, y
comienzo a observar ahora las manos del tipo.
La azafata se acerca. Ha parado la fila de pasajeros que vienen entrando al
avión, para preguntarles a los de primera clase qué desean tomar: vino, jugo o
un café. Pido un jugo de tomates y un cafecito. El hombre grande, que ya había
salido del baño hace rato y se sentó al otro lado del pasillo, pidió un vaso de
vino tinto y se lo largó al seco. Luego se acomodó para dormir.
Se arma un atolladero en la entrada del avión, se trata de un par de ancianos,
ella va primero arrastrando un “walker,” pero no le cabe en el pasillo y se
impacienta. La viejecita empieza a decir malas palabras. Una azafata viene en su
ayuda apresurada, mientras que detrás de la mujer, un cowboy viejo, alto y muy
flaco, comienza también a regañar y a lanzar improperios. “No sé por qué estamos
aquí, no tengo idea dónde estamos y a dónde vamos,” continúa por un largo rato.
Un verdadero cuadro esperpéntico es lo que está pasando en el avión, hasta que
finalmente logran acomodar en sus respectivos asientos a las dos figuras - casi
siniestras - de estos dos pasajeros. Se quedan callados como si estuvieran
asustados. Con parsimonia los sigue un joven muy parecido a ellos, tratando de calmarlos sin mucho éxito.
Enseguida, aparecen dos mecánicos hispánicos con un gringo alto y gordo para
arreglar los baños, tarea que demora muy poco tiempo. Entran cinco personas más
detrás de ellos y se arma una trifulca. No hay más asientos disponibles y estos
pasajeros deben volver atrás. Se discute. ¿Por qué se les ha dejado pasar?
Recibidas las explicaciones y disculpas retroceden y se cierra la puerta del
avión, la que mirándola bien, a mi me pareció de papel maché. Me da un
escalofrío de la cabeza a los pies (y pienso para mis adentros: a lo mejor debí
pedir también un vaso de vino tinto…) Concluida la maniobra, la azafata instruye
a las dos personas sentadas al lado de la puerta, cómo abrirla de inmediato en
caso de emergencia. Creyó eran matrimonio por el apellido común, pero no, nunca
se han visto en su vida, es un alcance de nombre nada más y aseguraron cumplir
con las instrucciones dadas de ser necesario. ¡Qué alivio!
Miro al pasajero del frente y está roncando fuerte a pierna suelta. Los
ronquidos suben y bajan de tonalidad. Mi vecino deja de leer por un momento su
libro de poemas y toma un sorbo de agua. Como me mira, pero sin decir nada, soy
yo la que le busco la conversación con el objeto de averiguar quién es y por qué
lee a Ted Kooser. A los pocos minutos he averiguado, para mi sorpresa, que no es
poeta, es cirujano… ¡ah! le digo, claro, la poesía es muy relajante, pero el
doctor como no es muy dado a hablar, sigue en propio mundo. Y yo ya he desvelado
el misterio. No le dirijo más la palabra para hundirme en mi propia lectura.
Finalmente, despegamos. El avión parecía una lavadora vieja o una batidora,
crujía por todos lados y tiritaba, algunos pasajeros asustados empezamos a rezar,
incluyéndome yo misma, pero una vez que tomamos altura las máquinas se calmaron
y el sonido era más normal. El de un avión va bien y al parecer no tiene ningún
perno suelto.
Me echo hacia atrás en mi asiento para gozar del viaje…cuando se me aproxima en puntillas la azafata, con un billete de diez dólares en la mano y me pregunta si
tengo sencillo, porque necesita comprarse un vaso de vino para relajarse, ya que
el vuelo en esta máquina –me dice—ha sido un verdadero “jolt.”* Hago como que la
entiendo, le hablo sobre el estrés y todo eso, pero en realidad no puedo creer
lo que estoy viviendo. Le sencillo el billete, me da las gracias y se retira,
mientras yo me quedo con el santo en la boca, como se dice, y pienso para mis
adentros “ojalá que el piloto del avión no necesite hacer lo mismo…".
*Jolt: un susto, un contratiempo.
Tomás y el ave
Fénix
Por Marcia Espinoza-Vera
16 de marzo
Hola Montserrat:
Mi hijo Tomás también dice haber visto ese pájaro gigante la otra noche. Me lo
dijo cuando llegó una noche después de ir a jugar al fútbol con sus amiguitos.
La verdad es que yo no le preste mucha atención ya que estaba preparando un
pastel para celebrar su cumpleaños al día siguiente, va a cumplir 10 años; ¡como
ha pasado el tiempo, parece que fue ayer que lo tuve!. Como le decía, Tomás, que
tiene mucha imaginación, llegó esa noche a casa muy alterado y después de cenar
se puso a dibujar un enorme animal alado (¿monstruoso; dijo usted?) de colores
fuertes y brillantes con una larga cola; a mí me recordó a una especie de ave
Fénix, creo haber visto algo similar en unas ilustraciones a los cuentos de
Borges. Debe ser porque le he leído a Tomasito casi toda la obra de Borges; ya
sé, ya sé que debería leerle cuentitos para niños pero sucede que el único
momento que tengo tiempo de leer algo que a mí me interesa es cuando llega su
hora de dormir y me pide que le lea algo. Así es como le he leído a Duras,
Yourcenar, Cortázar (por supuesto!) y recientemente La tía Tula de Unamuno.
Bueno, como le decía, Tomás me contó que esa noche ese enorme animal sobrevoló
sobre su cabeza y se fue a posar a una de las torres de la iglesia que está a un
par de calles de casa; y, a la que, debo confesar, no vamos nunca. Tomás dice
que cuando pasó tan cerca de él se asustó mucho; pero yo le dije que si se había
ido a posar en la torre de la iglesia, no debía ser nada peligroso, ya que nada
malo puede venir de alguien que frecuenta las iglesias, ¿no cree usted?
Bueno, quise informarle de esto en un caso que le sirva de algo; si tengo alguna
novedad al respecto ya le escribiré; si desea puede escribirme al siguiente
e-mail azucterres@yahoo.com
22 de abril
Querida Montserrat:
Gracias por tu correo; (¿nos tuteamos, no?) me alegra saber que estás más
tranquila y que no has vuelto a ver ni oír ese pájaro monstruoso. Por mi parte,
la vida ha seguido su curso normal y mi hijo ya no sufre tan frecuentemente de
esas horribles pesadillas que comenzaron a atormentarlo a los pocos días de que
vimos ese animal alado. Está más tranquilo, aunque taciturno; incluso ya no
quiere que le lea antes de dormir; prefiere irse a su habitación a dormir o leer
algo por su cuenta; supongo que debo hacerme a la idea que ya no es un bébé; ¿te
dije que cumplió 10 años? Ha sufrido algunos cambios; quizás sea lo del comienzo
de la pubertad. La novedad es que ahora me pide que lo lleve a la iglesia; esa
que está cerca de casa; en donde vimos que se posaba ese extraño pájaro. He ido
con él un par de veces; pero la verdad, yo nunca me he sentido muy cómoda en
esos lugares; así es que ahora lo dejo ir solo; como queda a un par de calles de
casa; no hay problema. Además, el sacerdote principal es un señor mayor,
bastante amigable y simpático; parece que se ha encariñado con Tomasito ya que a
veces lo acompaña él mismo a casa; creo ver una intención de evangelizarme a mí
a través de mi hijo. El asunto es que ahora ha estado convenciendo a Tomás de
bautizarlo como todo ‘hijo de Dios”, según le ha dicho, y la verdad es que yo
nunca he tenido interés en esas cosas; de hecho como nunca me casé y tuve a mi
hijo soltera (algo que es condenado por la iglesia) no he querido acercarme a
ninguna religión. Ahora, si mi hijo quiere ir a la iglesia y bautizarse no me
puedo oponer ya que siempre he pensado que cada uno debe elegir su camino
libremente; por cierto una de las pocas cosas con las que estoy de acuerdo con
la religión católica es que preconiza el ‘libre albedrío’que Dios nos ha dado al
nacer.
Bueno, ya te seguiré contando de mis cosas en la próxima, contesta pronto que me
hace ilusión recibir tus noticias.
Azucena.
14 de mayo
Hola Montse:
¡Qué bueno que pudiste tomarte unos días para ir a ver a tus padres a Blanes!;
me han dicho que es un pueblo muy bonito; ¿sabes que el escritor chileno Roberto
Bolaño vivió allí varios años?; pero murió el pobre; ¡con lo talentoso que era!
Ya quisiera yo poder tomarme unas vacaciones, con la falta que me hace; pero
tengo ahora que trabajar en dos colegios para poder subsistir y ayudar a mi
familia que es de México; sí, yo soy una de los tantos ‘sudacas’ que ha emigrado
a la ‘madre patria’ para poder sacar adelante a su familia. Desafortunadamente,
a pesar de haber hecho estudios para ser profesor, aquí no he conseguido más que
trabajos esporádicos de inspectora en dos institutos.
Pero, bueno, paso a contarte de Tomás, que está cada día más ocupado con sus
actividades en la iglesia. Por un lado, es de una gran tranquilidad para mí que
tenga tan buena relación con los sacerdotes de la parroquia. Ellos son muy
generosos con él y como ven que no tengo para pagarle viajes fuera de Barcelona;
ellos lo invitan a pasear los fines de semana. El padre Benito es el más gentil
con mi hijo. Tomasito lo adora; claro, lo debe mirar como el padre que no tuvo.
Ahora, para serte sincera, no sé si ese es el modelo masculino que yo quería
para mi hijo; como te dije no creo en las religiones y no me gustaría que mi
hijo ¡se hiciera cura! Lo que más me entristece es que Tomás se ha alejado de mí;
ya ni siquiera quiere que le lea por las noches; se encierra en su habitación
después de cenar y apenas me habla. Quizás ya ha comenzado a juzgarme por no ser
una madre más espiritual. La única ventaja es que ahora ya tengo tiempo para
leer por las noches; así me quedo dormida todas las noches, leyendo.
Bueno, eso por ahora; cuídate mucho y gracias por mantener el contacto.
Azu..
28 de Julio
Hola Montse:
¡Que bueno saber de ti nuevamente!; lamento que no te haya resultado tu traslado
a Valencia; a mí también me gusta esa ciudad, es más pequeña que Barcelona; y
los valencianos no son tan pesados con eso de hablar su lengua como son los
catalanes con el catalán; yo, he tratado de aprender el catalán pero la verdad
es que con esto de tener dos trabajos y cuidar de mi hijo; ¡no me queda tiempo!
A propósito de Tomás, está cada día peor; más reacio a hablar conmigo y si me
habla es para criticarme; supongo que son cosas de la edad. No le gusta el hecho
de que no vaya a misa; dice que debería ser como las otras madres de sus amigos,
que pertenecen a grupos católicos y hacen obras de caridad; ¡¿de dónde quiere
que saque tiempo este chico para hacer esas cosas?!; a mí el tiempo que me queda
libre lo dedico a leer; afortunadamente existen las bibliotecas; y como tengo
acceso a las de los institutos donde trabajo, no tengo que comprar libros, ¡no
podría pagar tanto dinero!
¡Ah! ya me dirás; el otro día mi hijo me vio leyendo y se acercó para ver el
libro que tenía en mis manos; ¿sabes? Lo tomó y lo tiró al suelo, diciendo:
“¡Esto es basura deberías leer la Biblia; ese si es un libro que vale la pena!”
(era Cola de lagartija de Luisa Valenzuela; que a mi me encantó; ¡me encanta ese
humor negro que tiene!) ¿qué te parece? ¡Resulta que ahora mi hijo se ha vuelto
un beato! Claro que, como ahora está en clases de catecismo para bautizarse y
hacer la ‘primera comunión’ al mismo tiempo ¡está cada vez más extraño! El padre
Benito es su catequista y lo vigila muy de cerca; viene a casa a verlo, el es
muy amable y suave pero a mí no me habla mucho; debe considerarme una pésima
madre y pecadora.
Bueno, por lo del bautizo y eso, yo pensé que mi hijo querría que le hiciera una
fiesta en casa con sus compañeros de colegio; resulta que Tomás me dijo que no,
que el padre Benito haría una celebración en la iglesia para todos los chicos
que harán la primera comunión ese día. Bueno, ¡qué puedo hacer si el no quiere
celebrar en casa, tendré que ir a la iglesia a acompañarlo ese día!
Bueno, te dejo; estoy cansadísima…
Un abrazo cariñoso para ti. No dejes de escribirme.
Azucena
24 de agosto
Querida Montserrat:
No te imaginas lo que ha sucedido este último tiempo; Tomás dice haber visto
nuevamente al pájaro monstruoso; dice que venía solo y el pájaro le dio un
picotazo en la cabeza; le miré la cabeza y no le vi nada; esta vez quedó muy
afectado y tiene pesadillas casi todas las noches; a veces le oigo gritar como
si hubiera visto algo horrible; dice oírlo cerca de su ventana por las noches.
Cuando voy a verlo está todo sudado y llora sin parar; he intentado llevarlo a
un sicólogo pero me ha dicho que el padre Benito lo va a ayudar a superar estos
problemas. ¡Ya no sé qué hacer ni cómo ayudarlo! Lo único que sé es que está
cada vez más delgado; no quiere comer y se encierra en su habitación; no tiene
amigos y como está tan cansado (ya que no duerme) va muy poco al colegio. He
hablado con una amiga para ver si me puede ayudar; ella tiene un hermano que es
médico (de Cuba, dicen que son muy buenos); me dijo que le pediría ver a Tomás.
Bueno eso por ahora amiga, ya te tendré al tanto de cómo van las cosas por aquí.
Azucena…
10 de octubre
Querida Montserrat:
Ya te habrás enterado por el periódico sobre la tragedia que invadió mi vida. ¿Leíste
sobre el niño de once años que mató a un sacerdote aquí en Barcelona? Me imagino
que como han suprimido el nombre del niño por ser menor de edad, no te
imaginarás que se trata de mi pobre Tomasito.
Ay, amiga, ¡estoy destrozada! No paro de llorar y de maldecir a ese pájaro de
mal agüero. Pobre, mi hijo, ¡cuanto sufrió, y yo, sin enterarme de nada!.
Resulta que como dicen los periódicos, Tomás estaba siendo abusado sexualmente
por el padre Benito (ay, ¡solo decir su nombre me causa repulsión!) Bueno ahora
está muerto; pero si yo hubiese sabido lo que le estaba haciendo a mi hijo, creo
que me hubiera convertido en criminal ¡Desgraciado!
Tomás venía planeando esto desde hacía varios meses ya, según confesó. No veía
otra salida; ese maldito hombre lo tenía amenazado; le había dicho que si yo me
llegaba a enterar de lo que le estaba haciendo, él se encargaría de que me
echaran del trabajo; pobre mi hijito; se vio tan desesperado que buscó el
momento propicio y ¡le clavó el cuchillo que yo usaba para cortar la carne! ¿Te
imaginas cómo estaría de desesperado?
Bueno, este es mi último correo desde aquí; mi hijo ha sido obviamente absuelto
debido a que se pudo demostrar el abuso del que estaba siendo víctima, ¡pobrecito!
Vuelvo a casa de mis parientes en México; ellos no sabrán nada de esto y espero
allí comenzar una nueva vida para mí y para mi hijo; lejos de la iglesia, ¡eso
sí!.
Ahora creo entender lo que representaba ese pájaro monstruoso; si yo lo hubiese
visto; le hubiera disparado un tiro y ¡acabado con él!
Montse, me tomará un buen tiempo volver a escribirte; quiero empezar de cero y
por ahora no quiero saber nada que venga de Barcelona; espero que comprendas …
Mucha suerte con tu vida.
Azucena
Emergencia de la
bestia
por
Roberto Campa-Mada
¿Qué me dice usted de esas manchas? –le pregunté al dermatólogo apenas terminó
de examinarme.
–Lo siento– me dijo el médico– pero se está usted convirtiendo en un leopardo.
Yo me eché a reír1, pero al llegar a casa y confrontar el espejo, el sádico
cristal empezó a revelarme nuevos rasgos en mi fisonomía: un cierto abultamiento
muscular, una mirada alargada y rabiosa, una incipiente reconfiguración de mis
labios y una ya notoria sobresalencia de mis caninos.
Luego vino lo demás. Las visitas al zoológico, la ingesta de carnes cada vez más
crudas, la vieja fiambrera que rebosaba y la sangre que escurría por sus
intersticios. La presencia del entregador de la empresa de carnes era una
constante en mi puerta, al igual que mis visitas al rastro. A todo esto se
agregaba un trasfondo de furia irracional y unos incontrolables deseos de
ejercer violencia.
Mi mujer, que se encontraba de viaje, no contemplaría el proceso de mi
metamorfosis, sino que se toparía abruptamente con el facto consumado. La noche
anterior a su llegada estudié mi nueva anatomía, preocupado por la reacción que
en ella podría suscitar, se asustaría, me abandonaría, cuántas cosas más.
Intenté articular palabras dulces, pero sólo conseguía emitir ásperos gruñidos.
Traté de suavizar mi voz y mis maneras, pero el rugido enmascaraba los presuntos
matices de ternura y mis movimientos resultaban toscos y violentos. Me fui a la
cama con el desconsuelo de no poder hacer nada contra aquella fuerza
indescifrable que operaba mi permuta.
Al día siguiente, sin embargo, mi mujer me saludó con un beso como si no hubiera
notado nada. Bajó su equipaje y salió enseguida a hacer unas compras sin decirme
una palabra de mi nuevo aspecto. Yo corrí al espejo esperanzado, pero nada, allí
seguía el monstruo mirándome de frente. Mi suegra tampoco dijo nada sobre mi
obvia animalidad ni sobre el evidente salvajismo de mis actitudes y modales. Yo
empecé a recelar un complot, teoría que siguió cobrando fuerza los días
siguientes ante la actitud desenfadada con que tomaban mi mutación. La
conjunción del video de mi cumpleaños anterior y una mirada por fin alerta y
autocrítica me revelaron, no obstante, la razón de que ellas no hubiesen
mencionado cambio alguno.
Dale, dale, dale
por Roberto
Campa-Mada
Le cayeron a palos una… y otra… y otra vez… con toda la saña de que eran capaces.
A cada garrotazo sucesivo Nicolás se estremecía y apretaba los incipientes
dientitos. Era la primera vez en su corta vida que presenciaba un acto semejante
de violencia. El madero se cimbraba al contacto con aquel cuerpo indefenso, que
pendía ya sin resistencia alguna. Así tundida y despedazada después de la
golpiza no se parecía nada a cuando la vio por la mañana, toda linda y elegante,
lista para la fiesta.
Al principio, Nicolás sintió pánico y desconcierto. Lloró, incluso, espantado
con los primeros golpes, y su mamá tuvo que consolarlo; lo abrazó, le explicó
riéndose que aquello era normal, que estaba bien. El niño fue apagando poco a
poco sus sollozos, vio cómo los otros niños gozaban con cada impacto violento
del garrote, disfrutaban el paulatino desmoronamiento de aquel cuerpo bello,
celebraban a carcajadas cada nuevo miembro desprendido, y poco a poco el niño se
fue adaptando, fue asimilando, registrando la normalidad de aquello, dejó de
moquear y sollozar, y empezó también a reír, primero tímidamente, a intervalos
irregulares, y ya por fin a rienda suelta. Los últimos porrazos que desfiguraron
lo que quedaba de aquellos rasgos femeninos y apacibles, hasta dejar
irreconocible aquel rostro de niña, ya no le parecieron tan terribles. Seguro en
el consolador refugio de los brazos maternales, Nicolás aprendía… aprendía…
Roberto Campa-Mada |